La Primera Línea

La primera línea va más allá de la idea de un grupo de personas, principalmente jóvenes, que se ubican en ciertos lugares como la Plaza de la Dignidad para no permitir que pase Carabineros, ese fue su inicio. La primera línea se transformó en algo más abstracto que incluye a quienes están literalmente poniendo el cuerpo para mantener la protesta. Son quienes siguen en la calle, arriesgando sus vidas y bienestar físico por mantener la causa presente.

La primera línea no pretende ni tiene en sus códigos ser pacífica. La primera línea no pretende que la gente se sienta cómoda y tranquila, la primera línea quiere (y debe) molestar, pretende y quiere generar inquietud e inseguridad en quienes han estado por décadas cómodos y seguros. La primera línea está ahí para que a nadie se le olvide que las demandas no han acabado, que aún no se soluciona nada.

Lo que algunos llaman apología a la violencia o romantizar a la primera línea, ocurre justamente porque desde que quedó en evidencia que salir a protestar te puede costar la vida o tus ojos mientras los culpables siguen en las calles en completa impunidad y con apoyo irrestricto del gobierno, muchos decidieron no ponerse en riesgo. Aquellos y aquellas que han decidido no salir más a las calles por temor a que algo les ocurra han entendido el valor de quienes siguen poniendo el cuerpo en las protestas.

Hablar de la primera línea es complejo, porque no es una persona ni un grupo organizado, porque no hay cabecilla responsable, porque no es una entidad que funciona con reglas escritas ni jerarquías convencionales. Estas características, incomprensibles para los viejos de la política y para los seguidores de extrema derecha son, no obstante, fácilmente comprensibles para quienes han estado en las protestas. Aquí voy a tirar una generalización porque claramente hay caso a caso, pero creo que vale la pena dilucidar un poco tema.  La primera línea tiene lógicas y códigos, la primera línea no quema museos ni cafés literarios, ni menos las carpas de los indigentes del sector. La primera línea no sale a las 4 am a vandalizar porque a esa hora ya no están, tanto ellos como las brigadas de primeros auxilios ya se han ido. Justamente por eso, esa es la hora en que se quema el Matapacos, se pinta la fachada del GAM y las consignas de las calles son cubiertas con pintura verde en apoyo a Carabineros. Si la primera línea estuviese ahí a esa hora, eso no pasaría. Como prueba de eso, basta con que vayan un día a las 7 de la tarde e intenten hacer lo mismo, a ver cómo les va. Pongo otro ejemplo, cuando ayer se quemaron los autos afuera del Hotel O’Higgins, yo al menos, no vi a nadie indicando que esto era un montaje de Carabineros, o que había sido la extrema derecha como en otras ocasiones ¿por qué? porque, se esté de acuerdo o no, el actuar no se sale de los códigos de la primera línea. Por la misma razón que la Farmacia Ahumada y las AFPs tienen sus ventanas protegidas y la farmacia local no. Nuevamente, ahí están quienes quieren decir, Chile no está para festival, ni para alfombra rojas, ni frivolidades faranduleras, no queremos que se piense que aquí está todo normal, todo bien, y poner bajo la alfombra las violaciones a los DDHH para un festival de utilería.

La primera línea se romantiza porque es valiente, porque están poniendo el cuerpo para la protesta, porque si la primera línea decide irse a la casa a dormir, esto se acaba y el gobierno rápidamente cubrirá con su manto de falsa paz las demandas de la gente. La primera línea se romantiza porque hay quienes la necesitan, porque si la primera línea se calla, los sin voz seguirán sin ser escuchados.

Créditos foto Raúl Thiers Instagram link

 

 

 

¿Y qué se hace con la rabia?: a dos meses del estallido social

Ya van un par de semanas desde que llegué a Chile y dos meses del “estallido social” y quería compartir un par de reflexiones de lo que he observado. Hace unas semanas también escribí otra entrada de blog hablando acerca de las emociones colectivas y me parece que ahora tengo más elementos que agregar.

Hoy, la golpeada clase política y muchos opinólogos de la política han planteado su preocupación y se quejan por la violencia y profundas divisiones que se están evidenciando. Las “funas”, las agresiones, que los “fascistas de izquierda” o los “fascistas de derecha”. Pienso que el problema es que no se están haciendo cargo, o al menos entendiendo, la enorme rabia y frustración que existe en una parte importante de la ciudadanía. Se está intentando, a mi juicio equivocadamente, racionalizar un movimiento y las emociones colectivas e individuales que están en juego. Se está minimizando y obviando algo que es tan evidente. No hay que ser experto, basta con salir a la calle para evidenciar algo bastante primario; la gente tiene rabia.

¿Y por qué la rabia? ¿Por qué hemos llegado a este escalamiento de la violencia y la división? Me parece que una de las causas más directas es la desconexión, el abismo entre las autoridades y las demandas de la ciudadanía. Se me viene a la cabeza una canción que imagino much@s cantaron en su niñez, la de los maderos de San Juán, esos que “piden pan, no les dan, piden queso, les dan hueso” (y se les atora en el pescuezo, o les cortan el pescuezo, dependiendo de la versión). Esta desconexión genera mucha rabia, y a estas alturas me atrevo a decir, genera odio. Las demandas sociales no se han respondido y lo que es peor, la protesta ha sido fuertemente criminalizada llegando a las graves violaciones a los derechos humanos documentada por distintos organismos internacionales (HRW, Amnesty, ONU).

Hay un montón de ejemplos de desconexión, que más bien aparecen como muestras de profunda indolencia por parte de las autoridades, el comentario del canciller Teodoro Ribera respecto de “un informe más, un informe menos”, refriéndose a los reportes hechos por organismos internacionales de DDHH, el gobierno llamando a la ONU a “validar sus fuentes” cuando entregó el informe constatando las violaciones a los DDHH, ocurridas en los últimos meses, la clara ausencia de la Ministra Plá en cuyas pocas apariciones declara que “el estado de Chile no es un macho violador” en respuesta a la extraordinaria intervención de Las Tesis “un violador en tu camino”. Que el gobierno siga adjudicándole el movimiento social a intervenciones extranjeras sustentadas en un informe con “big data” de dudosa calidad. Podría seguir, pero para qué…El gobierno sigue desconociendo que han sido sus desafortunados comentarios y su extrema indolencia respecto de lo que le pasa a la gente las que gatillaron y agravaron este “estallido social”. El mural que hay por el barrio Lastarria que muestra a Piñera con un bidón de bencina diciendo “a él le gusta la gasolina” es un claro resumen del actuar del gobierno.

Para quienes salimos a las calles se ha hecho evidente, mucho antes que el Intendente Guevara saliera públicamente a cercar la Plaza de la Dignidad/Italia/Baquedano el viernes pasado que, desde hace alrededor de dos semanas, Carabineros cambió su estrategia y ya no está permitiendo que la gente se reúna en las cercanías de la Plaza.  El día miércoles pasado, luego que no se aprobara la paridad, muchas mujeres salimos a protestar, muchas no alcanzamos a llegar a la Plaza porque Carabineros estaba reprimiendo severamente desde Eleodoro Yañez. Por el Parque Balmaceda Carabineros tiraba lacrimógenas indiscriminadamente tanto a la gente que iba a protestar como la que venía de vuelta del trabajo, entraron en sus motos al parque (repito, al parque, no por la calle) y “arriaban” a la gente hasta que atropellaron a un chico (al que no se acercaron a auxiliar). Lo que ocurrió ese día (y sigue ocurriendo), el ataque injustificado, el aire irrespirable, el miedo a que te atropellen, te peguen, te llegue una lacrimógena a la cara es realmente espantoso. El ambiente que se da entre la gente, los gritos, el miedo, la sensación de ser tan vulnerable, es de verdad muy potente. Creo que nadie se va a la casa sin una profunda sensación de desazón y rabia, mucha rabia. “Tengo ganas de llorar” le comenté a alguien, que me responde “grita, así no lloras”. Luego de tener que correr de los piquetes de Carabineros y de sus motos, sin justificación alguna, porque ni siquiera estábamos interrumpiendo el tráfico, estábamos en el parque haciendo sonar ollas, seguí caminando hasta Eleodoro Yañez y paré a comprarle un agua a una señora que me dice “acaban de atropellar a un paco ahí” ¿en serio? Le respondo. Sí, me dice “que se mueran todos esos pacos culiaos, y Piñera también, a él nunca le ha importado el pueblo”. Me senté un buen rato en una cuneta a tratar de sacarme un poco el miedo, la rabia y la profunda sensación de impotencia. ¿Qué se hace con la rabia?

La tarde del viernes que recién pasó fue la culminación de esta nueva estrategia, hasta ahora la gente salía los viernes a protestar relativamente tranquil@s (dentro de lo que se puede en las condiciones en que estamos). La decisión del Intendente Guevara de cercar la Plaza con un contingente de mil Carabineros fue leída como una provocación. Personalmente creo que la decisión estuvo motivada por el ego, el ego herido de un Intendente cuya autoridad ha sido ignorada por semanas y que fue cuestionada por algunos personajes del oficialismo el día que tocó Inti Illimani y llenó la Plaza coreando “el pueblo unido jamás será vencido“. La gente, como se podía esperar, salió igualmente a la calle, se encontró con una represión desmedida y Oscar, un chico de 20 años fue aplastado entre dos “zorrillos”, todo esto grabado y publicado rápidamente en redes sociales. El crudo vídeo que captura el momento en Oscar es aplastado por carros de Carabineros se viralizó rápidamente generando una tremenda impotencia, rabia y preocupación entre la gente. Mientras todo esto estaba ocurriendo, entre todos los vídeos que circulaban mostrando la excesiva represión, el presidente Piñera aparece en redes sociales con un tweet indicando que desde ese día comenzaba la distribución de un “Bono ayuda familiar” mostrando nuevamente su brutal desconexión. El tweet tuvo varias respuestas, ofensas varias, muchas incluyendo lo que estaba pasando en ese momento en las calles, y el vídeo de Oscar. Claramente, quienes le llevan la cuenta al presidente, no estaba viendo lo que ocurría en las calles e imagino que él tampoco. Ayer nos enteramos que el Carabinero que embistió a Oscar quedó sólo con firma mensual y la vocera de gobierno salió a justificar el actuar de Carabineros diciendo que la gente salió ese día a protestar sin autorización.

¿Qué ocurre cuando estamos frente a un gobierno que parece no escuchar las demandas, que continúa en la lógica de la guerra, criminalización, el enemigo poderoso en una sordera que aún no puedo determinar si es deliberada o no? ¿Qué ocurre cuando quienes tienen el monopolio legítimo de la fuerza la ejerce en forma desmedida e indiscriminada violando los derechos humanos? Aquí de seguro los sociólogos saben muchísimo más que yo y podrán hacer algunas predicciones acerca de lo que viene. Como esta es una reflexión personal y no tiene pretensión de ser particularmente objetiva, me atrevo a decir que la gran mayoría de quienes han estado continuamente protestando en la calle en estos dos meses han exacerbado sus sentimientos de rabia y odio hacia el gobierno, las autoridades, el presidente, carabineros. La percepción de ser violentados injustamente hace que quienes comenzaron con una postura moderada y conciliadora se radicalicen.

Entiendo que hay muchas personas que quieren que las protestas terminen, que quieren “volver a la normalidad”, sin embargo, en el ambiente en que estamos y al nivel que se ha llegado, me atrevo a decir que esto difícilmente va a ocurrir. A estas alturas la violencia ya generó más violencia y más rabia.

Vuelvo a lo que indico al comienzo del blog, lo problemático de intentar explicar el movimiento desde la racionalidad pura. He escuchado (y leído) gente que evalúa estos dos meses como altamente destructivos, se preguntan qué se ha ganado, indican que ahora somos más pobres que antes, que hay pérdidas económicas, que hay desempleo, que la “gente no entiende”, que los “simios que quieren destruirlo todo”, que el lumpen que insiste en llamarle Plaza de la Dignidad a la Plaza Baquedano, que la gente es tonta por mantenerse movilizada sin entender que con esto no soluciona nada. Esos argumentos tienen, a mi parecer, algunos problemas. Por un lado, está la premisa equivocada que la única ganancia que se puede tener o que se espera es una ganancia económica. Basta con salir a la calle, observar y hablar con la gente para darse cuenta que las ganancias han sido otras. Hay individuos que han ganado la pertenencia a una comunidad, que han ganado compañía, sentido, nuevas ideas, cosas por las que quieren pelear. Imagino que para much@s que han vivido en espacios protegidos desde que nacieron, con familias estables, contactos y redes, esto no se entiende o no se considera importante, sin embargo, el sentido de pertenencia es algo tremendamente relevante y constitutivo de nuestra identidad. Se ignora que la gente que ha vivido en forma precaria durante generaciones, ha desarrollado resiliencia. Se ignora que mucha de la gente que, lamentablemente, se ha visto obligada a sobrevivir la precariedad ven en este movimiento una pequeña esperanza para poder salir de ella. Si hay que aguantar un poco más se aguanta.

Los argumentos de quienes están en contra de las protestas, ignoran la esperanza, no se entiende que haya esperanza en tal precariedad y esa esperanza se ha percibido como sinónimo de absurda obstinación. Hay esperanza, pero también hay miedo, hay miedo a que luego de esto nada cambie, pero, nuevamente, la esperanza es lo último que se pierde. Por eso la gente sigue en la calle, porque si se van tod@s a la casa como muchos esperan, porque si las movilizaciones paran, todo lo que se ha hecho, todo lo que se ha perdido y todo lo que se ha ganado se va al tacho de la basura. Algunos tienen miedo a esta “anormalidad violenta” y buscan desesperadamente el orden. Pero otros, quienes han vivido en una “normalidad violenta”, le temen a la normalidad.

Tal como lo comenté hace unas semanas, el movimiento social ha estado lleno de simbolismos, que, aunque a los fieles defensores de la razón les parezca ridículo, son elementos que le dan fuerza y sentido al movimiento. Uno de los grandes símbolos es el “Matapacos”, un perro negro con un pañuelo rojo, un quiltro, que andaba en la calle y al que se le adjudica la valentía de pelear en contra de ese gran gigante armado represor. Una plaza que hasta hace unos meses tenía un monumento y pasto verde, ahora se transformó en el centro de las protestas, sin pasto, rayada. Así, fea, sucia y hedionda, con el “lumpen” encapuchado, la plaza se rebautiza como “La Plaza de la Dignidad”, porque es fea, pero REAL. Para los defensores de la razón, ese desorden no puede ser digno, pero para la gente que está ahí es un es el bastión simbólico de la protesta y la gente lo está peleando poniendo en riesgo su integridad física y psicológica. Si alguien en el gobierno entendiese este punto tan pero tan simple, lo pensaría diez veces antes de mandar a Carabineros a reprimir como se ha hecho. O tal vez lo entienden, y ahí está la pregunta que alguien hizo hace algunos días en Twitter ¿son tontos o son malos?

Tal vez me voy a ir en una “volá” un poco fuera de lo que en un principio quería plantear, pero me parece que este ignorar, burlarse o minimizar los elementos afectivos del movimiento social, es otro producto del patriarcado, que nos hace creer que los únicos argumentos válidos son los que se pueden explicar directamente por lo racional ignorando los simbolismos, la búsqueda de sentido, las emociones, las relaciones entre personas. Este ignorar o este orden de las prioridades trae costos, costos a largo plazo. Quienes crean que cuando se acaben las protestas, la sociedad chilena va a volver rápidamente a la normalidad y que todo quedará en el pasado como una especie de impasse en nuestra historia, están muy equivocados. Cuando se acabe esto, nos tendremos que hacer cargo de una sociedad fragmentada, nos tendremos que hacer cargo de chic@s jóvenes que han sido encarcelado y que no sabemos si podrán cuando salgan, quizás en diez años más, rehacer sus vidas sin odiar a una sociedad que los abandonó. Nos tendremos que hacer cargo de personas mutiladas, de personas torturadas y vejadas sexualmente. Nos tendremos que hacer cargo de la profunda desconfianza hacia las autoridades, del odio a las fuerzas de orden. Esto no cambiará con una nueva Constitución, ni con nuevas medidas sociales.

Si queremos que la sociedad chilena y el país crezca en una convivencia y democracia sana, tiene que venir un proceso de reparación a las víctimas, que parte por castigar a los culpables de las violaciones a los Derechos Humanos. Nuestra historia ya nos lo enseñó, no podemos avanzar como sociedad mientras exista impunidad, pactos de silencio y justificaciones de lo injustificable.  Por ahora, y a riesgo de sonar majadera, el gobierno debe dejar de agravar el problema, esto no va a parar con más represión, la gente en la calle sigue peleando y el gobierno debe hacerse cargo de las demandas y dar una señal clara de cómo va a frenar las violaciones a los DDHH que siguen ocurriendo. El gobierno debe dejar la gasolina de lado y parar el incendio y la oposición debe comenzar a actuar como tal, si no quieren ser recordados como un punto negro más en la historia de Chile.

Consuelo Thiers

Al Chile que llegué

Llegué a Chile hace tres días, adelanté mis pasajes porque no pude seguir tan lejos de lo que estaba ocurriendo. A los chilenos que estamos en el extranjero nos llega toda la información, noticias, trascendidos, etc. pero creo que la angustia más grande es no tener claro el “sentir” de la gente o lo que está pasando en las calles. Este texto va para ell@s, pero también para aquellos chilenos y chilenas que han estado tan presentes que tal vez ya han naturalizado cosas que antes nunca pensaron que ocurrirían. Ojo, que es esto es sólo una descripción personal de lo que he visto hasta ahora, no pretendo en absoluto cubrir todos los flancos ni dar una visión comprehensiva (ni académica) de todo.

Salí por primera vez a la Plaza de la Dignidad el lunes para la marcha feminista, todos los días desde las cinco de la tarde, la plaza se “cierra” para dar paso a los manifestantes. Caminé con mi hermano por distintos lugares desde Salvador hasta el metro Católica, él ha estado reporteando en las calles todos los días desde que partió este “estallido social” y me llevó a los lugares en donde la prensa no llega (ni muchos en Santiago). En este artículo, él hace una mejor descripción que yo, pero les contaré esto con mis ojos de novata.

Aunque parezca extraño, en esa pequeña parte de la ciudad hay distintos sectores, bien marcados, uno en donde están los manifestantes hablando, cantando, etc. y otros en donde hay crudos enfrentamientos entre Carabineros y manifestantes. Desde más o menos el metro Salvador hasta Baquedano la calle se ha convertido en un espacio de reunión, comercio callejero, manifestaciones, música, etc. Hay vendedores de banderas chilenas y mapuches, de pañuelos verdes, morados y rojos (por el matapaco), de empanadas, handrolls, churros, cerveza, mojitos con menta y albahaca (es en serio). Mientras más se avanza hacia el metro Católica, la cosa se pone un poco más fea, surrealista diría yo. La estación de metro Baquedano ya no existe, es un receptáculo de escombros, piedras y basuras varias. El olor a lacrimógena es bastante insoportable, la única manera de estar ahí es con pañuelos o máscaras.

El nivel de organización de quienes se manifiestan es bastante sorprendente, también la sensación de comunidad que se da es impresionante. La gente se cuida dentro de lo que puede, “hermano ¿quiere agüita con bicarbonato?” cuando las lacrimógenas no dejan ver, “ahí viene una lacrimógena, cuidado cuidado” gritan algunos, mientras otros corren a apagarla con guantes y un bidón de agua. Menciono esto para que se entienda un poco lo que está ocurriendo; el haber visto a unos dos metros de distancia la caída de una lacrimógena, implica que fácilmente podría haberme llegado a la cara y haber corrido una suerte similar a Fabiola Campillai, quien ayer perdió sus dos ojos. Si le ocurrió esto a ella que ni siquiera estaba participando de las manifestaciones, imagínense a quienes sí están en la calle protestando.

Un tema aparte son los chicos y chicas de la “primera línea”, jóvenes que rondan entre los 15 y 20 años y que son quienes enfrentan a carabineros directamente protegidos con escudos de lata, máscaras y guantes especiales para detener las bombas lacrimógenas. La gente que está ahí y que sabe de los enfrentamientos (ojo, no todos están mirando ese lado de la Alameda), les tiene confianza y respeto. Lo viví, cuando carabineros nos hizo una “encerrona”, que es cuando tratan de entrar desde distintos lados a reprimir a la gente (hace unos días las encerronas fueron tales que la gente terminó tirándose por el puente al río Mapocho), me quedé en la mitad de la Alameda, sin saber para dónde correr. Lo único que se podía hacer era tratar de protegerse un poco agachados y quedarse cerca de la muralla. Ahí, la gente espera (y llama) a la primera línea, para que salgan a hacer de escudo humano para que el resto pudiese correr (nuevamente, esto es literal). “Tranqui, que ahora sale la primera línea y arrancamos” me dijo mi hermano. Cuando se desocupó un poco la calle pudimos correr “no mires para atrás que cuando ves a la gente corriendo te desesperas y te puedes caer” otra vez mi hermano.

Mientras esto ocurría pude ver a los observadores de DDHH y a los voluntarios que dan primeros auxilios (y en algunos casos el único auxilio) a los manifestantes. Es bastante impresionante ver a los voluntarios, andan afirmados del brazo con máscaras antigases y escudos (sí, leyó bien, escudos) para evitar ser golpeados por las lacrimógenas o perdigones. Vi a un chico salir en camilla, herido y a la ambulancia entrar a la plaza mientras la gente les daba paso rápidamente. Hay en esas calles varios lugares, bastante precarios en donde se ubican los voluntarios, “primeros auxilios autogestionados” dice uno de ellos al lado de una iglesia cercana. Si soy honesta, creo que es de las cosas más fuertes que me ha tocado ver, partes de Santiago parecen una zona de guerra. La verdad, aún no me queda muy claro cuál es el objetivo de estos enfrentamientos, no entiendo muy bien para qué las bombas lacrimógenas y cuál es el objetivo de Carabineros en ese lugar. No sé qué es exactamente lo que están tratando de defender porque definitivamente no es el orden público. Usted dirá, que están defendiendo los negocios cercanos de saqueos, pero desde lo que observé este tampoco es el caso. Muchos de los negocios continúan funcionando durante el día sin “protección” alguna de Carabineros. Lo de los negocios y saqueos es tema aparte y lo comentaré un poco más adelante. Por ahora quiero comentar que lo que vi me hizo recordar mucho, obviamente en escala muchísimo menor, los enfrentamientos entre capuchas y Carabineros en Gómez Millas en donde hice mi pregrado (Pablo Ortuzar se refirió a esto en este link). Prácticamente tod@s sabíamos que en ciertas fechas un grupo de Carabineros se pararía por la calle Ignacio Carrera Pinto a “pelear” con los capuchas, la dinámica era siempre igual, los pacos tiraban lacrimógenas mientras los capuchas les respondían con piedrazos o molotovs. Ese día el resto de los estudiantes o no íbamos a la facultad o nos teníamos que quedar hasta que ambos grupos se aburrieran de tirarse cosas. La gran diferencia es que, en este caso, esto no es un “juego” de un día o dos entre un grupo de capuchas y carabineros, en este caso se está afectando al país completo durante los últimos cuarenta días, dejando una sensación de inseguridad y miedo en la población. Un ejemplo más de la puerilidad de Carabineros (no puedo visualizarlo de otra manera) fue un pequeño incidente que vi mientras caminaba por el Parque Bustamante en donde hay un cuartel o retén (no sé cómo llamarle) en una de las entradas al metro en dónde la gente no tiene acceso. Un grupo de jóvenes le gritaba una serie de ofensas a Carabineros que estaban en el subterráneo, me paré porque por un momento pensé que tenían a uno de ellos atrapado y por los gritos me asusté. Resulta que no, que los chicos estaban ahí gritando todo tipo de cosas, mientras Carabineros les respondían desde abajo. Pregunté a un chico qué estaban haciendo y me responde “hay unos pacos ahí abajo y están peleándose”, le pregunté si Carabineros respondían y me dijo “sí, son weones”.

Luego de la “iniciación” en protestas que tuve el lunes, el martes y miércoles salí a caminar por varias horas, desde Tobalaba hasta La Moneda. Las calles son otras, la fachada de las casas, negocios, murallas, y diría toda superficie están llenas de rayados, dibujos, papeles, consignas, etc. La gente está hablando de política en todos lados, es la misma sensación que tuve después del terremoto del 2010, todos queríamos hablar de lo que había pasado. Las consignas y rayados en las calles son variados, pero siguen una misma línea, en su mayoría están dirigidas a Carabineros “pacos violadores, asesinos, pacos qls, que se acaben los pacos, paco muerto no viola, ACAB (all cops are bastards)”. Se ve mucha rabia, muchas imágenes que simbolizan la pérdida de los ojos por los balines “de goma” de Carabineros, mucho perro “matapaco” por todos lados, mucha “amenaza” como “todas las balas se te devolverán”. También hay bastante alusión a Piñera “Piñera ql, renuncia Piñera” “no queremos tu renuncia, queremos tu cabeza, Piñera a la guillotina” se lee un rayado cerca de la Católica. Hay también bastante consigna feminista “la paca no es sorora” en una muralla del Forestal. No más AFP, hasta que la dignidad se haga costumbre, aborto libre, educación gratuita, etc, etc. Caminar por Santiago es una sorpresa diaria, porque todos los días hay algo nuevo. El martes en la noche, por ejemplo, un grupo “pro Carabineros” salió a pintar sobre todos los rayados. Pusieron pintura verde y escribieron “gracias carabineros”, también pintaron de verde la estatua del matapacos y luego la quemaron al día siguiente. Los “pro Carabineros” parecen ser más madrugadores, porque aparecen cuando ya nadie está en las calles.

Respecto de los negocios y empresas es bastante interesante ver hacia dónde está dirigida la rabia de la población. Todas las cadenas de farmacia por el sector que he caminado están “blindadas”, lo mismo con los bancos, AFPs, McDonald’s, Starbucks. Justo al lado de estos grandes blindados hay otros negocios, con sus puertas abiertas, atendiendo público. Es posible ver muchos negocios con carteles que dicen “este es un negocio familiar”, es interesante, pero esos carteles hablan mucho acerca del objetivo del movimiento social. Con esto no estoy negando el ataque a negocios pequeños que ha ocurrido, claramente, lo que está pasando está lejos de ser lineal.

Las calles de Santiago están vivas, la gente se tomó las calles y no veo intención de soltarlas prontamente. La creatividad, la claridad de las consignas y fuerza que he visto en la gente han sido de verdad impresionantes. La violencia que se está dando en la actualidad me preocupa mucho, pero ese es tema para otro blog. Lo único que puedo decir es que en tres días he aprendido más de política que posiblemente los tres años que llevo haciendo mi doctorado.

Consuelo Thiers

 

Emociones colectivas, trauma y el temor al desorden 

Llevo unos años estudiando conflictos entre países, enfocándome principalmente en el rol de los líderes políticos y las emociones colectivas. Desde que comenzó el movimiento social en Chile, he estado reflexionando algunas cosas y las escribo como una especie de ejercicio de desahogo personal. Advierto que es largo, porque no pude reducir en pocos párrafos lo que ha pasado en estos días.

Quisiera partir hablando acerca de la gente, de la gente que “despertó” “que está cansada de abusos” “que tiene rabia contra el sistema” y también de la “gente que lo está destruyendo todo y no le importa nada”. Todo esto, por supuesto, existe. Chile, el “país ordenado, en donde las instituciones funcionan” (¿se acuerdan de esa frase caballito de batalla de los políticos para diferenciarnos de otros países Latinoamericanos?), se sostuvo por años gracias a nuestra obediencia. Nuestro “oasis” se mantuvo a punta de silencios y sumisión. La idea de despertar, originada desde la misma ciudadanía, es precisamente esa, l@s chilen@s, siempre silencios@s pensamos, por años, que todo el mundo estaba relativamente bien, y que si a nosotr@s no nos estaba yendo tan bien era nuestra culpa (siempre el día tiene más horas para trabajar más ¿o no?). Que si a una persona no le alcanzaba para llegar a fin de mes y tenía que comprar la comida de la semana en tres cuotas era normal, que si había que elegir entre tus medicamentos o los de tus hijos era normal, que si cuando llegaba el sueldo se iba todo al pago de las deudas para continuar nuevamente el mes en cifras rojas, era normal.

El movimiento social sacó a la gente a las calles, y la gente empezó a hablar, muchos se dieron cuenta que el sistema en Chile ES claramente abusivo, que NO es normal no llegar a fin de mes, que NO es normal no poder acceder a una buena salud o educación si no se tienen los medios económicos, que NO es normal que la gente que trabajó toda su vida llegue a la vejez con una pensión de hambre. Efectivamente, la gente despertó y despertó enojada, despertó de un pésimo sueño y no quiere volver a dormirse.

Respecto de la gente que lo destruye todo, el “lumpen”, la “violencia injustificada”. Este es un terreno complejo, y este es un ángulo para mirarlo: hace ya unos años, se habla de la existencia de las emociones colectivas y el rol que juegan en conflictos inter e intraestados. La emoción de rabia, esa que siente mucha gente ahora, es en general movilizadora, y así se ha visto, la gente se junta, marcha, hace cabildos, saca toda la creatividad para demostrar el descontento y espera con eso generar cambios concretos. Pero está el otro lado, el odio, ese grupo que no podemos obviar está movilizado por una emoción diferente, que sólo se refleja conductualmente en destrucción. Much@s no entienden por qué alguien querría destruirlo todo, y lo encuentran “injustificable”. El asunto es que teóricamente lo es, para qué voy a dar la lata de cómo el sistema ha sido enormemente violento con un montón de gente, cómo el sistema ha excluido dolorosamente a un importante grupo de chilenos (imagino que a estas alturas tod@s lo saben). ¿Qué sensación de pertenencia puede tener alguien al que nunca le ha pertenecido nada? ¿por qué alguien que fue despojado de sus derechos más básicos, tendría que seguir las reglas del mismo juego que lo excluyó desde que nació? Personalmente, más que la idea de que “el lumpen se está aprovechando de la situación para destruir” a mí me extraña que no lo haya hecho antes, porque hasta eso teníamos guardado bajo la alfombra. Tal como lo leí por ahí, no sentir odio parece ser un privilegio.

¿Pudimos haber evitado todo esto? Claramente, han sido años de malas gestiones por parte de los distintos gobiernos post-dictadura que han creado y perpetuado las injusticias del sistema apelando al silencio obediente de l@s chilen@s. Entendiendo que el descontento no es tan solo producto de este gobierno ¿se podría haber evitado el nivel de destrucción al que hemos llegado en estos días? Pienso que sí, muchas de las decisiones que se han tomado han hecho que el conflicto escale, mencionaré solamente el estado de excepción como gran ejemplo. Quienes no están familiarizados con la historia de Chile podrían pensar que sacar a los militares armados a la calle no es un gran problema y no se explican por qué generó tanto rechazo. Esto “inexplicable” sí tiene explicación teórica, y tiene que ver con el trauma y la memoria colectiva. El fantasma de la dictadura, aunque algun@s no quieran aceptarlo, sigue muy presente, los cuerpos de nuestr@s muert@s están aún tibios y los recuerdos en las mentes de quienes fueron cobardemente torturad@s están aún muy frescos. En Chile aún hay generaciones que tienen madres, padres, herman@s, abuel@s, amig@s desaparecid@s. El temor, la pena y el odio aún viven en nuestra memoria, que es una memoria demasiado reciente. “Abracen a sus padres” decían por ahí en el twitter, que con esto están reviviendo los peores tiempos de sus vidas.

Cuando digo que “quienes no están familiarizados con la historia de Chile piensan que sacar a los militares no es un gran problema” lo digo como una especie de ironía porque nuestros gobernantes debiesen estar familiarizados con eso ¿o no? El presidente Piñera no tan sólo fue indolente con la historia de su propio pueblo, sino que también fue irresponsable con sus propias Fuerzas Armadas. ¿Alguien por ahí puede creer que un@ chic@, generalmente de los sectores más vulnerables de nuestro país, que está haciendo el servicio militar pudo entender la enorme responsabilidad que le estaban tirando encima? ¿era necesario hacer de es@s chic@s el receptáculo de la rabia y odio de una gran parte de la sociedad? Personalmente creo que no. De todos los que estuvieron a cargo de esta situación, resultó ser el General Iturriaga quién tuvo más conciencia de lo que estaba ocurriendo y quien dijo fuerte y claro que él (y por lo tanto el ejército de Chile) NO estaba en guerra con la ciudadanía. Hay trascendidos que el Ejército se negó a retomar el estado de emergencia antes de ayer. Y aquí puedo decir dos cosas, por un lado, me alegra que los altos mandos del Ejército hayan decidido no continuar manchando su institución de sangre y proteger a su propio personal. Por otro lado, si esto fuese cierto, sería una de las cosas más graves que puede pasar para la institucionalidad democrática de un país, el poder militar NO se subordinó al poder civil. Esto, por donde se lo mire, es gravísimo. El siguiente paso, sería “amablemente” invitar al presidente a salir (como se lo hicieron a Evo en Bolivia).

Respecto de las violaciones a los DDHH, sólo me referiré a una cosa, para mí bastante dolorosa. Además de todos los horrores que se han cometido, lo que me ha llegado profundamente es el desconocimiento de las personas acerca de sus derechos y la justificación de los abusos. Ni siquiera me referiré a los manifestantes pacíficos, los que claramente nunca debieron recibir el tipo de represión que han recibido. Me referiré a los que sí están cometiendo delitos y a los que la policía sí tiene el deber de frenar. El rol de la policía es tomar a estas personas, llevarlos detenidos y dejarlos a disposición de la justicia para que comience un debido proceso. Absolutamente NADA justifica los golpes cuando ya alguien no está poniendo resistencia, absolutamente NADA justifica las torturas. Si a usted como ciudadano le dan ganas de tomar a todos los que están destruyendo y “matarlos” como he leído por ahí, es justamente por esa razón por la que usted no está en la calle haciendo el trabajo de la policía. Aquí NO corre el ojo por ojo diente por diente, aunque a usted le den muchas ganas de que así sea.

¿Qué se hace ahora? Y acá ya hablo con mi camiseta de académica ya casi finalizando mi doctorado en Ciencia Política y Estudios Internacionales. Digo que me pongo la camiseta para hablar desde mi posición de académica porque creo que la academia en Chile (o que estudia a Chile) no está diciendo, por distintas razones, algo que para mí es evidente. Piñera debe salir de su cargo. Cuando recién comenzó el movimiento hace algunas semanas por mi cabeza nunca pasó la idea de que Piñera no debería terminar su gobierno. ¿Por qué? “Porque, aunque no nos guste, fue elegido democráticamente y eso se debe respetar” “Porque en Chile las instituciones funcionan (para que no se olviden de esa parte) y sería arriesgar la estabilidad y la democracia” “Porque hay que jugar cumpliendo las reglas del juego”

El problema surge cuando las reglas del juego se dejan de cumplir por parte, en este caso, del Estado. Las reglas del juego se dejan de cumplir cuando hay una grave violación a los Derechos Humanos, cuando el gobierno NO está ejerciendo una conducción política que le permita proteger a sus propios ciudadanos. Las reglas del juego democrático en Chile, se perdieron cuando bajo las órdenes de un gobierno se ha asesinado, golpeado, abusado y dejado ciegos a sus propios ciudadanos.

Me impresiona el temor que hay tanto en la oposición como en la academia para incluso pensar que el Presidente de la República de Chile DEBE dejar su cargo. Nadie quiere ser acusado de antidemocrático, nadie quiere ser un país “bananero” en donde las instituciones NO funcionan. Veo a much@s hablando de la necesidad de diálogo, de la relevancia de una nueva constitución, y no puedo estar más de acuerdo. Pero ojo, quedarse callado por puro conservadurismo y no decir nada frente a la idea que un presidente se mantenga en el poder luego de que bajo su gobierno se hayan violado los DDHH y de haber dejado caer al país en una de las peores crisis de su historia, es tremendamente irresponsable. La clase política tiene el deber no tan sólo político, sino que tiene el deber moral de detener esta situación y castigar a quienes han sido responsables de este escalamiento de la crisis, si no lo hacen, la historia los recordará para siempre como agentes pasivos de la destrucción de Chile. Y la academia tiene el deber de mirar un poco más allá de sus conservadurismos teóricos y dar cuenta que, a pesar de las restricciones de los sistemas presidencialistas, la posibilidad de salida en situaciones de crisis existe. Si tienen miedo a parecer antidemocráticos y bananeros, pueden usar como comparación lo que pasa en Estados Unidos, el “gran bastión de la democracia” en el que la figura del impeachment y la renuncia existen (Hello Nixon!)

Alguien por ahí puede decir, pero “si se va Piñera las cosas igual no van a cambiar” “esto viene de otros gobiernos” o “no es culpa de Piñera”. Mi respuesta a esas preguntas es la siguiente, sí las cosas cambiarían, sí viene gestándose hace años y lo que ocurre ahora sí es culpa de Piñera. ¿Por qué si se va el presidente Piñera la gente se calmaría? Porque por si no se han dado cuenta, este movimiento ha estado repleto de simbolismos, desde cambiar el nombre de la Plaza Italia por Plaza Dignidad a decapitar colonizadores y llamarles por su nombre: genocidas. La caída de Piñera es necesaria no tan sólo por la grave violación a los DDHH, sino porque su caída es simbólica porque en este minuto él representa todo lo que la gente quiere que caiga, la gente necesita ver caer el sistema en la persona de Piñera, la gente necesita sentir que ganó algo con toda esta destrucción y días en las calles. Respecto a “qué esto viene de otros gobiernos y que la culpa no es de Piñera solamente” Nuevamente sí y sí, porque bajo el sistema presidencialista, este tipo de decisiones tan relevantes para el país, recaen en la figura del presidente. Por ahí leí el otro día un tweet de Pía Lombardo, académica de la Universidad de Chile, quien escribió algo que me hizo mucho sentido “the buck stops here” la frase que tenía en su escritorio el presidente de Estados Unidos Harry Truman. ¿Qué quiere decir? que es el presidente quien toma las decisiones y quien en último lugar acepta las responsabilidades por aquellas decisiones.

El presidente Piñera tomó pésimas decisiones, decisiones que en este momento no tiene cómo revertir. El presidente Piñera se tiene que ir y tanto la academia como la oposición no pueden seguir manteniendo la conversación de pasillo y callando lo evidente.

El presidente Piñera se TIENE QUE IR

 

Por Consuelo Thiers